Aunque era un secreto a voces, tardamos mucho tiempo en averiguar la manera de llegar a Machu Picchu con bajo presupuesto, una vez hecho el trabajo, dejamos nuestras pertenencias en el hostal de Cusco y salimos a tomar el bus con los morrales livianos, cargando comida, agua y una muda de ropa. El transporte en Perú es tan desordenado como en sus países vecinos, esta vez salimos con una hora y media de retraso en la que tuvimos que esperar sentados viendo por la ventana como el conductor fumaba, se reía con sus amigos y daba tiempo no sé para qué, pero lo daba.
La primera parada que hizo el bus cerca de Cusco me reveló lo que serían los próximos días de viaje; como era común se subieron varias personas a vender mazorcas con queso. En una situación normal tal vez hubiera comprado una pero en esta ocasión el olor me revolvió el estómago, no por hambre sino por asco. Me esperaba un viaje de cinco horas en bus en medio de una carretera serpenteante entre las montañas, más otras horas en otro vehículo y una caminata de otras más hasta Aguas Calientes, de solo pensarlo me sentía más enferma. Parecía un papel blanca y débil; intentaba dormirme sobre las piernas de Rodrigo pero las ganas de vomitar le ganaban al sueño y cada curva me hacía sentía peor.
Fueron las cinco horas más fastidiosas en nueve meses de viaje, solo quería llegar a destino y acostarme a dormir. Cuando al fin arribamos a Santa María me sentí un poco mejor pero el viaje que faltaba era largo, debíamos tomar un carro que nos llevaría a una hidroeléctrica, era todo lo que sabíamos. Buscamos un taxi y conocimos a Tim y Kim, un alemán y una coreana con quienes hicimos el resto del viaje hasta Machu Picchu. Me pedí la ventana por cualquier emergencia, parecía que mi cuerpo estaba siendo benévolo y mi salud mejoró de repente, esta ilusión de bienestar llegó hasta que el carro tomó una carretera destapada y llena de curvas, mi felicidad se acabó, aunque pretendía disimular para no molestar a nadie sentía que no podía seguir. Ya ni me acuerdo cuanto tiempo estuvimos en el carro, tal vez una hora, supongo, hasta llegar a la hidroeléctrica de la que todos hablaban, allí el chofer nos bajó y nos indicó el camino que debíamos tomar. Yo estaba muy débil, deshidratada y no podía comer o beber porque enseguida mi cuerpo lo rechazaba, tomé fuerzas, no había otra opción y me dispuse a caminar.


Al día siguiente salimos a las seis de la mañana a emprender otra caminata. Empezamos a buen ritmo, yo me sentía bien aunque un poco débil porque mi comida era maní, queso y agua, porque mi cuerpo no resistía otra cosa. Entre la montaña había dos caminos, el del bus que era más fácil por ser menos empinado y el de las personas que atravesaba la carretera y era más rápido, pero con escaleras en piedra difíciles de subir que aceleraban el corazón y sobrecargaban los pulmones. Nos demoramos mucho tiempo en llegar porque Kim tenía un físico pésimo y se ahogaba muy fácil, para completar, su manera de relajarse era fumar cada vez que terminábamos un trayecto. El último cigarrillo impaciente fue en la entrada a Machu Picchu haciendo la fila correspondiente después de dos horas de recorrido, sellamos nuestro pasaporte como visitantes del antiguo templo Inca y nos adentramos en el lugar.
Al principio solo vi un montón de gente caminar siguiendo las flechas indicativas y tomándose fotos en una especie de choza donde los indígenas almacenaban alimentos. Aún no veía la foto de los libros.
Seguimos caminando subiendo por un sendero empedrado que llevaba a varios lugares, yo andaba muy despacio porque aún no me sentía del todo bien y Kim se alegraba que mi cuerpo no me diera para una caminata más apresurada. Llegamos a un lugar plano del sendero y dimos unos pasos más hasta que la vista se convirtió en un sueño cumplido, abajo, entre las montañas podía ver Machu Picchu, estaba ahí. Me quedé pasmada, inmediatamente a mi cabeza vino el recuerdo de un libro que un año atrás le había regalado a Rodrigo con rompecabezas de maravillas del mundo y allí estaba este lugar. Sonreí, ese rompecabezas ahora estaba frente a mí, Wayna Picchu detrás, el Río Urubamba en el abismo y la ciudad mística y sublime. Una vez más sentí un nudo en la garganta, de nuevo esa grandiosa sensación de haberlo logrado y de estar en un lugar tan pacífico, silencioso y extraordinario.
Como era nuestra costumbre no fuimos directo a lo mejor, primero caminamos por un sendero que nos llevaba al Puente del Inca una obra maestra de ingeniería. Es un puente que construyeron los Incas en un precipicio, es increíble, no es posible el acceso pero verlo a cierta distancia produce vértigo. Lo más fascinante de cada rincón de Machu Picchu es pensar cómo fue posible que hace 500 años hicieran este tipo de construcciones en medio de las montañas y la vegetación. Regresamos al centro de las ruinas y comenzamos a recorrerlas admirando esta perfecta construcción en la que entre piedra y piedra no cabe un pelo. Sin maquinaria, ¿cómo fue posible que lo hicieran?, era mi pregunta constante. Mover estas piedras de un lado a otro y darles formas tan perfectas es hermoso, personalmente me cambió la imagen de la inteligencia humana, ¿para qué tantas máquinas y robots, si es posible lograr este tipo de perfección con las manos y estar en armonía con la naturaleza? Para mí ese es el gran legado de los indígenas, no llegaban a arrasar con la tierra, ese lugar de dónde venimos y donde morimos, sino que convivían en armonía con ella haciendo parte de un todo.
La belleza de Machu Picchu no solo se encuentra en el legado humano sino en la naturaleza, las formaciones rocosas que rodean este lugar son increíbles por su altura, sus formas, los árboles que las cubren y el río Urubamba en el abismo. Este lugar me llenó hasta las últimas fibras de magia y energía, sentí una calma inquietante como si una especie de fuerza invisible a los ojos pero posible de percibir con el resto de los sentidos habitara en cada rincón, la sensación es única y vale la pena estar allí para entender de qué hablo.








